Hoy entrevistamos a Xavier Ricarte, pianista emergente con sólida formación en interpretación clásica que participa como solista con orquestas nacionales e internacionales, principalmente en España y Alemania, también en grupos de cámara, así como en diversos proyectos pedagógicos y musicales.
Entre los innumerables premios y reconocimientos recibidos, Ricarte ganó la categoría Joven del 1er Premio BBVA de Música al Talento Individual. Después de 10 años, queremos conocer cuál ha sido su trayectoria y sus retos.
«Lo que realmente marca la diferencia es cómo desarrollas el talento, cómo escuchas, cómo piensas la música y cómo evolucionas con el tiempo».
Hace ahora 10 años te proclamaste el primer ganador del Premio BBVA de Música al Talento Individual en la categoría Joven. ¿Qué significó ganarlo justo cuando tus estudios de piano en el Conservatorio de Manresa finalizaban?
Ganar el Premio en ese momento fue una confirmación en un punto de cambios. Yo estaba terminando mis estudios en el Conservatorio de Manresa, que para mí había sido un entorno importante de formación, pero también un espacio relativamente protegido. El premio llegó justo cuando tenía que dar el salto hacia una realidad más exigente y más incierta.
En su momento, no lo vi tanto como una meta conseguida, sino como una especie de validación externa que me decía: «de acuerdo, esto puede ir de verdad».
En este sentido, también me dio una cierta confianza para afrontar audiciones, concursos y estudios superiores con otra mentalidad.
Al mismo tiempo, con perspectiva, pienso que un premio te abre una puerta, pero es necesario luego sostenerla con trabajo, evolución y, sobre todo, con una búsqueda artística propia. Si no, se puede quedar en un hito puntual y sin frutos futuros.
Cuando empezaste a tocar el piano tenías 6 años. Primero con una tía, después con el profesor Carles Julià, en el conservatorio de Manresa, y seguidamente en el Conservatori del Liceu. Tu trayectoria está marcada por premios, reconocimientos y becas de excelencia.
¿Cuándo te diste cuenta de que te querías dedicar a la música? Tu familia y la educación recibida influyeron, pero seguro que también tu talento…
No recuerdo un momento único y claro en el que decidí dedicarme a la música. Fue más bien un proceso gradual y en muchos casos inestable. Empecé de muy pequeño, primero en un entorno muy próximo con mi tía y con Carlos, y poco a poco la música fue ganando espacio pero sin una conciencia profesional. Diría que el punto de inflexión llegó más adelante, cuando entendí que no solo me gustaba tocar, sino que estaba dispuesto a asumir todo lo que implica hacerlo a un nivel profesional; la disciplina, la exigencia y también la incertidumbre en muchos ámbitos.
El paso al Conservatori Superior del Liceu, y sobre todo las Becas Ferrer-Salat, fueron importantes, porque aquí ya tomas una cierta conciencia de que esto puede ser un camino real, pero también que no es suficiente con «tener facilidad». El talento, desde mi punto de vista, es sólo un punto de partida o una serie de aptitudes. Lo que realmente marca la diferencia es cómo lo desarrollas, cómo escuchas, cómo piensas la música y cómo evolucionas con el tiempo.
Y sí, mi familia y algunas personas han sido fundamentales, facilitando que todo esto pudiera darse de manera más accesible. Pero con los años, la decisión se vuelve cada vez más personal. Llega un momento en el que ya no es tanto de donde vienes, sino hasta dónde estás dispuesto a llegar.
El camino para convertirte en un pianista reconocido no debe ser fácil y una carrera de fondo. ¿Qué retos has tenido que superar y qué pasos seguirás para alcanzar tus objetivos? Después de 10 años, trabajas y continúas estudiando másteres. ¿Cómo te ves en el futuro?
Pienso que una de las primeras cosas que uno aprende es que esta no es una carrera lineal ni tampoco previsible. Más que una sucesión de logros es un proceso continuo y de reajuste técnico, musical y también personal.
Uno de los mayores retos ha sido precisamente este; aprender a convivir con la incertidumbre sin perder una dirección clara, aunque a veces pase.
En el ámbito pianístico, el desafío constante es evitar acomodarse. Siempre hay una tendencia a estar en la zona de confort, pero el verdadero trabajo es crecer, es ampliar el lenguaje, y profundizar en el sonido y en la idea musical y en otros conceptos. Esto exige tiempo, paciencia y una cierta incomodidad constante.
En paralelo, también está todo lo que rodea a la profesión, construir una trayectoria, generar proyectos, encontrar espacios donde tu propuesta tenga sentido o pueda interesar. Aquí es donde creo que la música deja de ser sólo interpretación y pasa a ser también una forma de pensamiento y de posicionamiento artístico que muchas veces no se compran o bien cuestan hacer llegar.
Una de las razones por las que continúo también estudiando es porque necesitamos este espacio de desarrollo y de tocar, y también de confrontación con uno mismo. El máster es una herramienta más dentro de un proceso.
A futuro, no busco una idea de éxito o de reconocimiento, sino la posibilidad de construir un perfil sólido y honesto como intérprete, pero también en la pedagogía y en la creación de proyectos musicales. En general, poder aportar mi pequeño grano de arena en el mundo musical.
¿Por qué la mayoría de músicos vivía a caballo entre España y Europa?
La formación musical en España es sólida en muchos niveles, pero el mercado profesional es más limitado en comparación con otros países europeos. Hay menos circuitos estables, menos instituciones con programación continuada y, en general, menos oportunidades para desarrollar una carrera a largo plazo. Lentamente va cambiando. Por ejemplo Juventudes Musicales hace muy buen trabajo en este aspecto pero, a pesar de ello, hay dificultades en reconocer nuestro trabajo.
Europa central, en cambio, tiene una tradición muy arraigada de apoyo a la música clásica; más orquestas, más ciclos de conciertos, más financiación pública y privada y una red cultural mucho más densa. Esto no significa que sea fácil, pero sí existen más espacios donde un músico puede crecer y consolidarse, obteniendo más posibilidades de tocar.
Por otro lado, hoy en día la carrera musical es inevitablemente internacional. Con esto me refiero a que no se trata sólo de irse fuera, sino de moverse, de conectar contextos diferentes. Vivir a caballo entre España y otros países europeos responde también a una necesidad de experiencia, mantener un vínculo cultural y personal con el lugar de origen, pero al mismo tiempo desarrollarse en entornos donde la profesión tiene más estructura y reconocimiento. En mi caso, no lo viví como una división, sino como una ampliación del espacio de trabajo. Al final, lo importante es encontrar contextos en los que tu propuesta artística tenga sentido y pueda evolucionar, independientemente del país.
Hoy en día muchos alumnos que comienzan sus estudios de música compaginados con los estudios reglados muestran dificultad para continuar sus estudios y dedicarse profesionalmente. ¿Qué se puede hacer para que estos talentos musicales no abandonen los estudios musicales? ¿Qué papel juegan las escuelas, las familias y la sociedad en general?
Me gusta mucho que me hagas esta pregunta, ya que es un tema complejo y que me gustaría en algún futuro poder cambiar en algunos aspectos. Pienso que una parte del problema está en que la relación con la música no se construye de manera coherente desde el inicio. En los conservatorios, en general, hay un trabajo muy serio para que los alumnos avancen, con exigencia y acompañamiento desde el amor a la música y el que la vincula. Pero este esfuerzo muchas veces no encuentra continuidad o explicación en la escuela general.
En la educación reglada, la música continúa ocupando un lugar bastante marginal, y no solo en términos de horas, sino de enfoque. No se explica qué lugar tiene la música en la sociedad, qué significa dedicarse a ella, ni qué tipos de caminos existen más allá de los estereotipos. Y eso genera una desconexión importante en muchos ámbitos. Se tiende a presentar la música, cuando se presenta, de manera superficial, y no se trata sólo de música clásica, sino de entender la música en general como fenómeno cultural, histórico y también profesional.
El resultado es que muchos alumnos viven una especie de doble realidad: por un lado, una formación exigente en el conservatorio, al igual que los deportistas de élite; por otro, un entorno educativo que no acaba de reconocer ni de contextualizar este esfuerzo. Y aquí es donde, muchas veces, se pierde el sentido de continuidad e incluso el propio sentido por el que queremos hacer música.
Más que retener talento, lo que hace falta es construir un marco más claro: que la música no sea algo periférico, sino una disciplina con valor propio, entendida y explicada dentro de la sociedad en la que vivimos.
¿Qué consejo das a los jóvenes músicos de los que eres profesor de piano y sueñan llegar donde eres tú?
Siempre les digo que disfruten, que amen y construyan una relación honesta con la música. A partir de ahí, el respeto es fundamental, por la música, por los compositores y también por los compañeros, porque al final todos estamos atravesando procesos similares, con dificultades y momentos de duda constantes.
También intento que entiendan que este es un camino exigente, donde no todo es ideal. Hay competencia, frustraciones y situaciones que no siempre son justas. Pero precisamente por eso es importante desarrollar una cierta solidez interior y no depender únicamente de factores externos.
El trabajo diario es imprescindible, pero no como una obligación vacía, sino como una forma de crecimiento en varios aspectos. No se trata sólo de tocar mejor, sino de entender más profundamente lo que hacemos.
Y sobre todo, no olvidar que la música es un fin en sí misma. Nuestro trabajo es darle vida, hacerla llegar al público, hacer que vaya más allá del concierto. En el fondo estamos dialogando con ideas y emociones que, aunque provienen de hace siglos, siguen siendo profundamente humanas y cercanas hoy.
Si mantienen esta perspectiva, todo lo demás llega con más intensidad o menos, pero ya no es lo que define el camino, sino una consecuencia de un largo proceso con honestidad.